La niña observaba el tiempo lento de la gota que caía sobre el helecho. Le fascinaba la cadencia con la que el agua había medido su propia existencia. Parecía que había decidido destilarse eternamente a través de su propio destello. A la niña que continuaba penada en el escalón de piedra del jardín la imagen de la gota que caía le había absorbido la atención por completo. Sostenía una galleta, reblandecida ya, en la mano derecha. Le sorprendía el agua paciente que caía con la lentitud de su hora de castigo.